Preludio de individualidad con Héctor Martínez

 

Pequeña, con el tiempo serás una de nosotros. No imites a nadie, consérvate fiel a ti misma, cultiva tu individualidad y no sigas ciegamente los pasos de otros.”
Franz Liszt a Teresa Carreño

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Está rota

I

Buscaba equilibrio entre los vientos intrépidos de la mañana. Las calles desoladas y las perennes voces de comerciantes recibían mis pasos. Caminando por la plaza Bolívar, apareció una advertencia con olor a humo y voz gruesa: “Hija, no ande sola por aquí, no sabe quién la puede encontrar en la plaza.”

 Me abrigué entonces en la plaza del frente, la plaza La Justicia. Seguir leyendo “Está rota”

I Ruta Crepuscularia

 Solo escribe. Escribe lo que sea, pero que salga de tu pensamiento.
Jesús Enrique Barrios

El proyecto Crepuscularia es el resultado del afán de Alejandro García, Luis Pimentel y Mafer Bandola de hacer un punto de encuentro entre distintas actividades llevándose a cabo en la ciudad de Barquisimeto (Venezuela), y que como el crepúsculo unificara a los barquisimetanos.

Dentro de ese proyecto nace la Ruta Crepuscularia, que es un recurrido que celebra a los poetas que han hecho vida en la actividad cultural de Barquisimeto.Que antes eran muy conocidos, y ahora ignorados, pero sus obras se mantenían vigentes y recordadas en la ciudad. Con esas premisas, la primera ruta homenajeó a tres poetas: Orlando Pichardo, Álvaro Montero y Jesús Barrios. Dentro del autobús universitario, partimos desde la plaza Lara hacia las tres casas.

Siguiendo la frase del poeta Barrios (al principio del texto) les comparto el resultado.

En el país no hay una tarde tan bella como la de hoy.
Luis Manuel Pimentel

  Nos recibió el día, lluvioso y húmedo. Comenzó a llenarse el transporte, ese búnker de historias que se abren paso en la ciudad y comenzamos a marchar.

Casa del poeta Orlando Pichardo

   La última casa donde Magda compartió con Orlando nos recibía con poesía: “te voy a escribir un bolero, para que sepas que te amo. Un bolero que nace en tu piel y se enardece en la mía”. Nos sentamos cual niños; algunos en el sofá, otros en el piso, más todos con oídos atentos ante la voz de la experiencia.

   Poemas iban y venían. Nos fijamos universalizar a nuestros escritores. Magda nos regaló relatos personales de su matrimonio, iniciados por Xiomary Urbáez y su tenaz sentimiento hacia la vida de la mujer del poeta. De ellos atesoré esta frase:

No hay que luchar por amor, y menos si hay poesía. 

   Salimos para dejar a un par de melodías impregnarnos el alma. Los cabellos danzantes de Narciso Díaz  junto al brío del ceño de Jesús Vásquez (Percucello) inyectaron energía larense a nuestros cuerpos.

   Dicen que las despedidas deparan alegría, no sé qué tan cierto sea, pero la partida de  esta casa solo me aseguró que debía regresar. Esa, sin duda, será una alegría enorme.

 

Casa del poeta Álvaro Montero

   Los aromas de esta casa atraparon a los sensibles; un árbol nos regalaba sus flores. Donde “nos encontramos los diferentes y los que nos parecemos, porque la poesía es amistad, lo mismo a solidaridad.” Recuerdos de conspiraciones en pro de la cultura por medio de la autogestión, me vislumbró que no somos pioneros; somos los siguientes.

   Me secuestraron del encierro en mi cuaderno, deteniendo mis trazos, para alzar mi voz al compás de la poesía del maestro Montero. Una oportunidad que no quise desaprovechar, a pesar del sismo en mis manos.

Madga nos acompañó (los tres poetas mantenían una estrecha amistad) y nos cantó un bolero acompañada de Narciso Díaz y su muñeca de serpiente. Quizá el señor Orlando le escribía los boleros y ella los cantaba.

  Cuando había llegado la hora, la lluvia no nos dejó partir, o más bien, nos permitió quedarnos.  Entre cuadros, macramé, perfumes y humedad, imaginé las historias que esa casa escribió, mientras mojaba mis pies con la lluvia. Seguían en convivir las conversaciones tan variadas, buscándonos.

   Habían memorias vívidas entre cemento que corrían entre nosotros, y en ese día nacieron más.

Casa del poeta Jesús Enrique Barrios

   “No sé quién trajo la lluvia, pero llegó. No se trata ni de bien, ni de mal. De no ir, ni llegar, sino estar siempre aquí” Con estas palabras nos recibió el maestro. La dedicatoria de un poema por el -casi- cumpleaños de su esposa, me dejó claro que el amor no se acaba con los años si es sincero. Me sentí huésped del amor que esa casa irradiaba, y su aroma a incienso me hará recordarlo por siempre. Escuchar al maestro es presenciar a Aristóteles y a Ruben Darío entablar un diálogo, con el toque de humor y picardía venezolana.

Me avoqué a registrar todas sus palabras, de las cuales pude extraer estas breves frases y pensamientos:

Este encuentro no se trata  de nosotros, sino de otros. Se trata de rendirte homenaje a la poesía, de hacer algo con ella como nuestros antecesores.

Todos los días salimos a cualquier parte, al baño, a la cocina, a la calle; siempre saliendo. Porque parece que nos vamos a rastrear a otras partes. Y es porque estamos en todas partes y en ninguna. Ahí viene la convivencia; buscarse en todos los demás, registrar al otro ser para ver como se pesca del otro. Ha de estar uno atento al montón de cosas que están al rededor. 

La poesía, la gran desconocida, sirve para decir cualquier cosa. Pero la prosa no es igual a poesía, y la poesía no es igual a poesía. La poesía es misteriosa, no dice por decir. Ni es limpia, ni es sucia, ni está, ni es. 

Todos intentamos escribir, andamos detrás de la poesía, rasgándola para que nos de alguito. Más siempre hay un poeta  que es perseguido por ella para que la dignifique. 

Cuando comencé a hacer uso de razón, dejé de usarla.

El que se va para el campo no busca la soledad. Más el que va para Nueva York sí la consigue, porque no hay nada. 

Yo no sé nada, yo opino.

Yo vivo de eso, de mis errores. 

 

Los artistas eran imparables. Retratos del maestro, pequeños regalos de talento oculto, emergieron entre la juventud. Ver a Ana, una compañera de la universidad, entregar un pedacito de sí al maestro fue hermoso, una fuente de inspiración.  En tanto, los ojos de Gerardo González eran como un gran angular; capturó el momento con sus trazos, dibujó historia. Aún no entiendo como ve, escucha y siente al mismo tiempo. Grande.

Me detuve a contemplar lo que sucedía. Abogados, poetas, escritores, estudiantes de humanidades, profesores, músicos, bailarinas. Para mi, todos maestros. Tenía razón Daniela al decir que nos encontraríamos los iguales y los diferentes. Tal como en Grecia, ese salón fue nuestra plaza. Al rededor del piso de madera escuchando al sabio, luego el sabio escuchando, porque por eso es sabio.

Mis oídos optaron por atender a las preguntas y respuestas, limitándome a la libertad de escribir. Un duende hizo de la conversa todo un suspenso emocionante y divertido. Déjenme decirles, no estoy segura de si sea buena idea juntar al ron con el cocuy.

Luego llegó lo sublime.

La improvisación de la improvisación. El baile de Isabel Barrios que nos transportó junto a la armonía de un cuatro, un cello y un par de maracas. El baile de un mar que salta, una conexión de almas encontradas. Las ondas viajaban del cosmos hasta allí. Y en el silencio desconocido, se impregnó de su esencia el corazón.

La lluvia, los aromas de cada casa, el calor de la gente, los matrimonios, el casi casi, la bola viajera, la sentencia de cada poeta en sus finales, la nada; todo hizo que fuese mágico el convivir. Me encontré en cada uno, en cada espacio, en cada historia.

Un 24 de marzo, gracias a una ruta estudiantil, se vivió a Barquisimeto en las palabras de sus poetas.